Una red libre o una red segura

El debate libertad-seguridad hunde sus raíces en la génesis de los estados democráticos modernos y contemporáneos. La respuesta al problema que plantea la relación entre ambos valores, derechos en su sentido más neto, determina que nuestros sistemas democráticos sean más o menos restrictivos y condicionan en el fondo las orientaciones ideológicas que alimentan el modo de gobernar nuestras relaciones humanas en un territorio.

Sin duda, somos libres y queremos serlo sin control ni limitación, pero también queremos estar seguros, sentirnos protegidos y efectivamente estarlo ante cualquier amenaza. En muchas ocasiones garantizar la seguridad implica ceder espacios de libertad personal y colectiva. El plano físico de nuestras sociedades lo verifica: tenemos colisiones de valores de modo que ser más libre implica estar más inseguro, y estar más seguro supone ser menos libre. Esto teniendo puertas en el campo. Ahora, piensen en Internet, donde se derrumbaron todas las puertas.

La semana pasada falleció John Perry Barlow. Muchos lo consideran un activista por la libertad en Internet. Suya es la declaración de independencia del Ciberespacio, un curioso texto que lanzó como reacción a una de las leyes de Telecomunicaciones en Estados Unidos, hace ya más de veinte años. Libertad, libertad, libertad. La declaración constató ya entonces una triste obviedad: Internet crece y se desarrolla sin el control de los gobiernos, que van detrás de su expansión, intentando llegar lo menos tarde posible.

“(…) Estamos creando un mundo en el que todos pueden entrar, sin privilegios o prejuicios debidos a la raza, el poder económico, la fuerza militar, o el lugar de nacimiento. Estamos creando un mundo donde cualquiera, en cualquier sitio, puede expresar sus creencias, sin importar lo singulares que sean, sin miedo a ser coaccionado al silencio o al conformismo. Vuestros conceptos legales sobre propiedad, expresión, identidad, movimiento y contexto no se aplican a nosotros. Se basan en la materia.(…)” Tremendo. Suena bien, sonaba bien. Pero ¿qué pasa cuando esas mismas representaciones de poder superan lo admisible y golpean al vulnerable, como pasa también en el denostado mundo físico?

La respuesta simple de la bondad humana, como singular raíz de la libertad que no puede ser limitada, es la propia de un país de ángeles y en el ciberespacio no hay ángeles: hay humanos, e incluso no tantos, que son usuarios, clientes, influencers, paseantes y, todos, cibernautas. “(…) Creemos que nuestra autoridad emanará de la moral, de un progresista interés propio, y del bien común. Nuestras identidades pueden distribuirse a través de muchas jurisdicciones. La única ley que todas nuestras culturas reconocerían es la Regla Dorada. Esperamos poder construir nuestras soluciones particulares sobre esa base (…)”, esto decía también la Declaración de Barlow. Y si la regla de oro se perdió entre mil ataques, ¿quién nos protege? ¿Tiene Internet una app “de oficio” que sacuda al malo y asegure al bueno?

La semana pasada se celebró también el día por una Internet segura. Más real es el planteamiento que asume la existencia de un riesgo cibernético cierto que altera las relaciones personales en la red y, por supuesto, también las económicas. Por eso, las regulaciones de los países, esos entes físicos que no parecen entender qué pasa, desarrollan nuevas regulaciones, particularmente interesantes en la Unión Europea, que exigen prácticas más rigurosas para proteger los datos de las empresas, de las personas y de sus propios sistemas, porque el incumplimiento de la regla dorada, sistemático y organizado, provoca ataques que amenazan los bienes digitales de las personas y de las empresas. Eso es real.

El ciberespacio puede provocar daños en un ámbito que amplifica enormemente el impacto sobre un territorio geográfico, social o industrial. Tanto las personas como las empresas pueden sufrir una efectiva paralización de sus vidas o de sus negocios, con perjuicios personales y pérdidas económicas. El camino a esta conclusión es seguro y directo sin una protección adecuada, sin una respuesta de las autoridades que nos hemos dado a la transgresión de las normas, también en la red, justa y proporcional.

Yo quiero, como supongo que la mayoría, un mundo libre y, por tanto, también quiero esa libertad, tan amplia para los demás como la que deseo para mí, en el ciberespacio, en la red, en mis relaciones personales y de ocio y en mis compromisos profesionales e intercambios económicos en ese plano digital, que es tan cierto y real como el plano físico convencional. Libertad, libertad, libertad. Pero ser libre no implica ser incauto. Quiero, como supongo que la misma mayoría, un mundo seguro y, por tanto, quiero que la regla dorada, que utilizo sistemáticamente con mis iguales que la cumplen como yo, esté plena y rápidamente garantizada por un sistema jurídico eficaz.

Por ello creo también que el ordenamiento que debe albergar las medidas de seguridad (preventivas, coercitivas y reparadoras) no puede limitarse a una sola jurisdicción, porque Internet no tiene barreras, sino extenderse en un sistema global, unitario (en nuestro caso, como mínimo, europeo), que lea lo que está ocurriendo, se anticipe a lo que va a pasar, y demuestre ser capaz de llegar a tiempo. Las personas y las empresas merecen ser libres en espacios seguros. Los gobiernos deben garantizarlo y si no saben, no quieren o no pueden, imaginemos que de verdad un ciberespacio independiente y desarrollemos su propia seguridad pactada, y luego impuesta como dicha garantía. Más allá, por favor, de una sola regla, aunque sea de oro.

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