El consumo equilibrado de la “sustancia” digital

El uso compulsivo de internet se ha incorporado por primera vez a la Estrategia Nacional de Adicciones (antes Plan Nacional sobre Drogas) en un nuevo apartado denominado “Adicciones sin sustancia”, que lo equipara ni más ni menos que con la adicción a las drogas.

Es preocupante conocer que el 18% de los jóvenes de entre 14 y 17 años tienen esta adicción. Sin embargo, no es el único problema que existe en internet y, en mi opinión, deberíamos de abordar soluciones empezando por las responsabilidades individuales de cada uno.

La educación en el ámbito digital es algo de lo que se ha hablado mucho en los último años. Y sobre el cómo y el cuándo empezar a usar herramientas digitales también, pero menos. Estos días hemos conocido algunos datos muy reveladores del uso de los dispositivos móviles por parte de los niños. No podría ser de otra forma, el mundo digital es su mundo, no el nuestro, aunque lo hayamos abrazado.

Desde esta perspectiva, cabría decir que, como padres, debemos darle una vuelta a cómo los niños usan sus herramientas digitales y cómo deben usarlas. Una vez más hablo, no desde el punto de vista del experto, sino desde la experiencia que me aporta ser padre y por tanto, legislador. En casa las reglas las hacemos nosotros y debemos garantizar su cumplimiento.

Ahí van algunos datos: en España más del 50% de los niños entre 8 y 10 años tiene cotidianamente acceso a un móvil o una Tablet; a partir de los 14, 9 de cada 10 tienen uno; el 95% de los niños de entre 10 y 15 años tiene acceso a internet (un 70% a través de terminales móviles); la mayoría de los padres está de acuerdo con lo positivo de estas cifras e incluso afirmamos que de esta forma controlamos mejor a nuestros hijos, pero…

Decir acceso a internet y control, a priori, es una contradicción. Tener un dispositivo móvil podría ser equiparable a tener un coche para un adolescente. Es algo así como tener tu espacio propio de libertad. Pero, al igual que para utilizar un coche necesitamos un periodo de aprendizaje previo que incluye una parte teórica y otra práctica que implica responsabilidad para su uso, en mi opinión el acceso a internet para los más jóvenes necesita de un proceso de aprendizaje previo bajo la supervisión y, por qué no, el control de los padres antes de dejarles la posibilidad de navegar libremente por la red, algo que también debería implicar responsabilidad.

Es un reto incomodo para los padres pero, seguramente, necesario. A corto plazo desgasta mucho e incluso podría parecer que erosiona la relación padres-hijos, pero a medio y largo resulta eficiente, sobre todo en cuanto a la seguridad de nuestros hijos.

Internet aporta muchas cosas. El acceso al conocimiento es ilimitado, pero recordemos que la información en la red no fluye sino que se genera. Y nunca es unidireccional. Cada vez que entramos en internet hay un intercambio de información. La primera, la que el usuario busca, que puede estar más o menos contrastada. La segunda la que internet capta del usuario; a veces sin percibirlo (cookies) y otros de forma deliberada (redes sociales).

Lo que no sabemos con certeza es cómo se van a utilizar esos datos ni quién los va a utilizar. Por tanto, nos podemos encontrar muchos peligros. La mayoría ocultos o desconocidos hasta que nos vemos implicados o atrapados por ellos. En este sentido me ha gustado mucho la campaña #NoSeasEstrella que UNICEF ha lanzado sobre el uso de las redes sociales.

Para intentar evitarlo solo existe un remedio, la formación. Pero, ¿cómo podemos formar los padres analógicos a nuestros hijos, nativos de internet? Saben más que nosotros. ¿Cómo podemos prevenir peligros ocultos que desconocemos? Bueno, una vez más nos encontramos con algo que no tiene una sola respuesta. Pero sí que es necesario tener un criterio propio basado en algunos principios básicos. Y aquí es donde entra la experiencia. Ellos saben más de lo digital. Nosotros sabemos más de la vida en general.

La formación. Nadie recibe un coche o moto cuando lo pide o desea sin haber recibido antes formación teórica y práctica de cómo utilizarlo. Claramente la seguridad del conductor y la de la gente de alrededor estaría en grave peligro. En ese periodo de formación se enseña a tomar decisiones rápidas en situaciones previstas y/o inesperadas. Se aprenden por ejemplo las señales. Donde hay un Stop hay que parar; un ceda el paso, otro tiene la preferencia; paso de peatones, hay que dejar cruzar a las personas; semáforo verde, adelante; en ámbar, atención; en rojo, parar. Si no aprendiésemos las señales de trafico no sabríamos para que sirven. Saber identificarlas y aprender a respetarlas es una forma segura de conducir.

Más adelante, con la experiencia, se aprende por ejemplo que una discusión de tráfico no conduce a nada bueno, excluido claro está el desahogo. El anonimato no excluye de la responsabilidad del conductor. Cuando nos ponemos al volante, la gente no tiene por qué saber quiénes somos. No llevamos nuestros datos tatuados en la frente. Sin embargo tenemos que llevarlos encima por si la autoridad nos los pide en cualquier momento. El vehículo conducido tiene una matrícula, un número de bastidor, una documentación, etc. Por tanto, somos detectables. En la red también lo somos. Los niños deben ser conscientes de esto para no cometer equivocaciones o incluso delitos.

El acuerdo. Cuando unos padres dejan o compran un vehículo a sus hijos le ponen condiciones de uso: no corras; ponte el cinturón; si vas a beber no lo uses; ve documentado por si te paran; si tienes un incidente no te des a la fuga independientemente de lo grave que creas que es la situación (todo esto legislado); llámanos si no sabes que hacer y ya buscaremos juntos cual es la mejor solución; etc. Si no cumplen, lo normal es que les quitemos el coche. Al menos por un tiempo. No como represalia, sino como parte de continuar con esa formación y sobre todo por su seguridad (y la de los demás). Esto es aplicable al móvil y a internet.

La propiedad. Ese coche que van a usar los conductores noveles no es, normalmente, suyo. Por tanto, aunque sean ya mayores de edad, se les puede privar de su utilización por ejemplo por incumplimiento del acuerdo alcanzado previamente para su uso. Las condiciones impuestas por los padres y aceptadas por ellos. Derechos y obligaciones. Suena raro. Parece que convertimos la relación padres-hijos en algo mercantil. Si nos paramos a pensarlo, es algo que hacemos a diario con ellos. Nada nuevo.

Con los dispositivos móviles pasa lo mismo. Lo normal es que un niño de entre 8 y 16 años no sea propietario ni de su terminal ni del contrato que le aporta la línea para usarlo. Esas son la edades en las que debemos formarles. Los nativos de internet no pueden dejar de serlo ni debemos (siempre en mi opinión) retrasar su inicio en la utilización de gadgets digitales. Eso les podría convertir en analfabetos digitales o en algo incluso peor, depredadores digitales, adictos, cuando a edades tardías empiecen a usarlos. Luego podrán decidir si los usan o no, cómo y con qué frecuencia lo hacen.

Todos tenemos acceso a poder conducir un coche pero no todo el mundo lo hace. Y no por eso tienes problemas de adaptación. Lo que sí es imprescindible es que los niños entiendan que hay peligros, reglas, límites, principios básicos e incluso toma de decisiones que deberán tener en cuanta al circular en la red y que es una cuestión únicamente de criterio personal. Criterio que deben adquirir acompañados, nunca solos. Nosotros no solo debemos entenderlo, debemos saberlo. Por esto, insisto, en importante la formación.

Con esto no pretendo tener razón, simplemente invito a la reflexión sobre cómo afrontar el reto de que nuestro hijos, nuestros jóvenes, puedan vivir la ventajas que su mundo les aporta con criterio para minimizar los riesgos.

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